Un poema llamado Yugoslavia

Siempre me han gustado los poemas que se salen de la, digamos, temática canónica habitual, y en particular los que tratan el deporte profesional, ese universo tan subyugante y tan denostado, atravesado por el virus de la fama y el cáncer del dinero… un producto para masas aparentemente lejano a la poesía. Yo he hecho alguna vez mis pinitos, algún poema “futbolero” o dedicado al ciclismo (uno de mis vicios)… pero nunca había escrito uno dedicado al que al final es mi deporte favorito: el baloncesto. Y después de encontrarme el que voy a compartir aquí con ustedes, me lo pensaré mucho…porque el reto ahora es grande.

Vía Ana Pérez Cañamares me encontré este poema de Pedro A Sáez, que me toca muy de cerca, porque yo fui de los niños que se enamoraron del baloncesto admirando (y odiando un poquito) a aquella generación mágica de yugoslavos: el gran Delibasic, Dalipagic, Kikanovic, Kosic, el tremendo Moka Slavinc que llegó a jugar en la Penya…(Después surgieron otros allá y acá y, posiblemente, mejores, pero aquellos eran “los nuestros”, como nuestros son Corbalán, Epi, Solozábal,etc… aunque no ganaran un mundial) yo me sabía las capitales yugoslavas por sus equipos. Y de la generación de adultos que descubrió en la destrucción de Yugoslavia que la historia no iba en la dirección que pensabámos casi por inercia. Como me comenta el propio Pedro, “nos arrancó la poca inocencia histórica que nos quedaba.” Descubrimos que las supuestamente extinguidas matanzas étnicas estaban a las puertas de casa,y que igual sus animadores ideológicos ya hayan entrado…  Bueno, sin más disquisiciones, les dejo con Pedro A. Sáez y “Un poema llamado Yugoslavia”:

UN POEMA LLAMADO YUGOSLAVIA

Yo quería ser yugoslavo,
igual que Mirza Delibasic,
y jugar al baloncesto al estilo de Ljubliana,
es decir,
con elegancia, sagacidad y precisión,
y tener una novia eslava,
vestida de konsomolski los sábados por la tarde,
justo antes de ir a cenar borsch y vino de primorska,
y ser independiente de Moscú,
y ganar muchas medallas de oro y plata sin aparente esfuerzo.
Yo quería ser de esos tipos que les robaron a los yankis su juegos patrimoniales,
la llama y la elocuencia del básket posmoderno.

Sí, yo quería ser yugoslavo,
y durante muchos años mantuve viva esa ilusión precisa,
hasta los veintitres años exactamente,
en que me la quitaron a fuerza de muerte y estupidez rampante,
y me dejaro huérfano y helado contra los muros del fango.
Durante mucho tiempo pobló mis pesadillas una imagen elocuente:
“chetniks en al bosque, hay chetniks en el bosque”

Pero aunque ya no quiero ser yugoslavo
(ya no quiero ser nada)
sí quiero ser como Mirza Delibasic,
porque él nunca abandonó la ciudad de Sarajevo,
aunque bien pudo hacerlo,
pues estaba enfermo,
y sus amigos españoles no dejaron ni un día de llamarle.
Nunca abandonó a sus hermanos martirizados.
Yo quiero ser como él:
lanzar a canasta desde una silla de ruedas,
lanzar a canasta desde una tarde de la infancia,
en un solar donde crecen crisantemos,
mientras la ciudad se derrumba a nuestro lado como un cisne invencible

2 comentarios sobre “Un poema llamado Yugoslavia

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