Eurobasket

Tengo que reconocer que llevo un par de semanas abducido por el Eurobasket, y me he preguntado por qué hablo tan poco aquí de algo que es una de mis mayores aficiones. Cuando veo un Eurobasket no puedo evitar recordar a la vieja Yugoslavia, que cuando jugaba sin sus estrellas ganaba, y cuando lo hacía con sus estrellas, simplemente, arrasaba. Ahora juegan los pequeños países surgidos de su destrucción, algunos con nombres que parecen sacados de un cómic de Tintin (Syldavia, Borduria…) que no han sido capaces de meterse, una sola de ellas en las semifinales del torneo, a pesar de su tropa de figuras que desarrollan su carrera en los Estados Unidos. Y se me ha venido a la cabeza este poema, que hace varios años ya le dediqué una entrada, y que me sigue pareciendo una maravilla: UN POEMA LLAMADO YUGOSLAVIA, de Pedro A. Sáez, Me apetece volverlo a compartirlo con ustedes.

UN PORMA LLAMADO YUGOSLAVIA
Pedro A. Sáez

Yo quería ser yugoslavo,
igual que Mirza Delibasic,
y jugar al baloncesto al estilo de Ljubliana,
es decir,
con elegancia, sagacidad y precisión,
y tener una novia eslava,
vestida de konsomolski los sábados por la tarde,
justo antes de ir a cenar borsch y vino de primorska,
y ser independiente de Moscú,
y ganar muchas medallas de oro y plata sin aparente esfuerzo.
Yo quería ser de esos tipos que les robaron a los yankis su juegos patrimoniales,
la llama y la elocuencia del básket posmoderno.

Sí, yo quería ser yugoslavo,
y durante muchos años mantuve viva esa ilusión precisa,
hasta los veintitres años exactamente,
en que me la quitaron a fuerza de muerte y estupidez rampante,
y me dejaro huérfano y helado contra los muros del fango.
Durante mucho tiempo pobló mis pesadillas una imagen elocuente:
“chetniks en el bosque, hay chetniks en el bosque”

Pero aunque ya no quiero ser yugoslavo
(ya no quiero ser nada)
sí quiero ser como Mirza Delibasic,
porque él nunca abandonó la ciudad de Sarajevo,
aunque bien pudo hacerlo,
pues estaba enfermo,
y sus amigos españoles no dejaron ni un día de llamarle.
Nunca abandonó a sus hermanos martirizados.
Yo quiero ser como él:
lanzar a canasta desde una silla de ruedas,
lanzar a canasta desde una tarde de la infancia,
en un solar donde crecen crisantemos,
mientras la ciudad se derrumba a nuestro lado como un cisne invencible

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