(S) PQR & Catulo

Una de mis lecturas de estos días ha sido SPQR, de la Dra. Mary Beard. Es la nosegésima historia de Roma que leo. Supongo que pertenezco a cierto fandom alrededor de lo que es Roma, su historia y su influencia en nuestro tiempo. Como dice Beard, en nuestra cabeza occidental seguimos siendo, de alguna manera, romanos. (Es curioso, en ese sentido, cómo se parecen los imperios galácticos que en el mundo de la CF han sido, al imperio romano. Bendito sea el modelo confederal de Star Trek). Me gusta mucho el esfuerzo que hace Beard de tratar de acercarnos a la vida, apenas documentada, de los romanos y romanas que venían a ser la plebe, los pobres, los ajenos a las luchas por el poder que tanto nos han llegado. ¿Porqué aparecen nerones apócrifos en varias zonas del imperio tras su muerte si era tan malo y tan terrible? Algo parecido sucedió con Cayo Calígula. Ambos murieron asesinados y la historia la escriben quienes han de justificar el magnicidio. Seguramente los dos eran bastante hijoputas (acceder a ciertos niveles de poder sin serlo es física, materialmente imposible, creo, antes y ahora) pero igual no más que los demás mandatarios… Y ¿cómo afectaban, si lo hacían, esas intrigas a la vida cotidiana de gentes humildes que vivían a cientos o miles de kilómetros de Roma? ¿Qué tal comían, cual era su dieta habitual y cómo saberlo, cuando la gente humilde deja tan escaso rastro perdurable de su presencia en la Tierra? Y Beard, inevitablemente, cita a poetas romano-latinos, porque las y los poetas, en cuanto se les deja un margen de libertad, empiezan a fijarse en aquello que se prefiere dejar pasar desapercibido, y, claro, cita a Catulo.

Y citar a Catulo genera en mi cabeza un hipervínculo automático con un libro: «Catulo, Marcial, en versión de Ernesto Cardenal» (Editorial LAIA, 1978), que fue donde muy pronto me encontré con unos nombres que, como buen alumno de bachillerato perseguido por el «De Amicitia» y «La guerra de las Galias», hubiera tratado de evitar como la peste: poetas romano-latinos, pero, ah, traducidos/versioneados por uno de mis poetas de cabecera ya entonces, del que conocía (y disfrutaba) su colección de Epigramas, y ahí descubrí la fuente de que surtían aquellos poemas breves del poeta nicaragüense, dulces como guayaba o afilados como cuchillos.

Después he ido casi coleccionando otras versiones de los epigramas griegos y latinos, y de Catulo en particular, pero nunca he dado con el efecto que me causó, me causa, aquel delgado librito, machacado por las mil lecturas, que es uno de mis tesoros desde los tan lejanos ya años 80. Ay, Catulo, que las Diosas nos sean propicias en este año 23 recién inaugurado. Que Venus mande a Marte a cogerse unas vacaciones a casalcarajo y que nos acompañe cómplice en nuestras andanzas.

CUATRO EPIGRAMAS DE CATULO, En versión de ERNESTO CARDENAL


Lesbia me maldice siempre, pero no deja de hablar
de mí: ¡Que me maten si Lesbia no me quiere!
¿Por qué lo digo? Porque lo mismo pasa conmigo.
Diariamente
la maldigo: ¡Pero que me matensi no la quiero!

....


No me empeño demasiado en serte simpático, César,
y no he averiguado siquiera si eres moreno o rubio.

....


Tan enredada está mi razón, mi Lesbia, por tu culpa,
y por seguirte a ti está tan perdida,
que ya no podré estimarte por muy bien que te portes,
ni por muy mal que te portes dejaré de quererte.

....


¡Furio y Aurelio, que queréis acompañar a Catulo
dondequiera que vaya, aunque sea hasta la exótica India,
donde la última ola oriental en una roca solitaria
se rompe resonando,
o a Rusia, a a la Arabuia disoluta,
o a Armenia o a la Persia nacionalista,
o al pintoresco Egipto,
o si tengo que cruzar los altos Alpes,
a Francia, al Rin francés,
los lugares donde César triunfó,
a la primitiva y remota Inglaterra!
Si estáis disupuestos a ir conmigo, mis amigos,
donde quiera que el destino me lleve,
decid a mi amada estas pocas
y no buenas palabras:
que viva feliz con sus amantes,
los trescientos a los que ella se entrega a la vez
y de los cuales no quiere a ninguno
aunque tiene acabados a todos.
Y que ya no se preocupe por mi amor
como antes, que mi amor por su culpa ya cayó,
como cae, en el final del prado, la flor
que el arado roza al pasar.

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