Cirlot

Recuerdo perfectamente. allá por 2001 o 2002, la impresión que me causó encontrar en una librería de Las Palmas que solía frecuentar y ya, como tantas, cerrada, un tomo bien grueso que, tal vez por eso me llamó la atención, titulado Bronwyn (enigmático, sin duda) de un autor de nombre bien sonoro, Juan Eduardo Cirlot, que, en aquel momento, no me sonaba de nada. Recuerdo el impacto que me causaron aquellos poemas ojeados de pie frente a las estanterías. ¿Qué demonios eran poemas como este?:

Las hierbas son tan rubias como tú
lejos de la ceniza que me aleja
para siempre sin hierro.

La muerte es el pantano de las cruces,
Bronwyn.

Me vi buscando la nota biográfica para encontrarme con que se trataba de un renombrado intelectual barcelonés, especialmente en el ámbito de la crítica de arte, muerto en el año 73, pero que, en cuanto a su poesía, era prácticamente un desconocido. Se trataba de una escritura casi subterránea, publicada en pequeños sellos de corta tirada, pero, joder, los poemas eran de una sugerencia, de una belleza rompedora que no podía entender cómo se venían a publicar digamos, bien, casi 30 años después de su muerte. Tampoco podía entender, por muy marginal que fuesen sus publicaciones previas, que una obra como Bronwyn hubiera pasado desapercibida a los constructores del canon poético español, quedando invisible hasta su rescate por la Editorial Siruela. Cómo era posible que desconociéramos esos poemas mientras nos enterraban en referencias a los «Nueve Novísimos», o a los poetas «de la Experiencia».

Así es o así fue. En la introducción de la antología «El peor de los dragones. Antología poética 1943 – 1973«, también editada por Siruela (que se ha hecho cargo de la edición del conjunto de su obra), Elena Medel nos da una pista muy interesante, nos cuenta: » «Mi pais (sic) me oculta y me niega», escribió Juan Eduardo Cirlot en una de sus cartas -fechada el 23 de enero de 1970- a la escritora Jean Aristeguieta. Su correspondencia con Aristeguieta, poeta y directora de la revista venezolana Árbol de fuego, en la que Cirlot publicaba sus textos de forma habitual, significa para el autor una doble vía de escape. Por una parte, evidente, para su obra, que haya su lugar en un ámbito –el de la poesía latinoamericana: en esa misma carta expresa su deseo de que el ciclo de Bronwyn se edite en un «libro entero», «un libro americano y no español– más proclive a la experimentación que la España de la época». Cirlot se sentía, en cuanto poeta, llamado por la gran autopista latinoamericana, para escapar de la esclerosis peninsular.

El destino en cuanto a recepción inmediata de la obra de Cirlot, por parte de los constructores de canon español y su torpe metodología generacional (que ya ha sido debidamente desmontada por críticos como Miguel Casado), fue, a fin de cuentas, el mismo que sufrieron las obras de autores como Francisco Pino, Gamoneda, Quiñones, los hermanos Padorno… todos ellos escribiendo y publicando en esos años. Toda obra que salía (o se sale) del guión considerado digno de ser enseñado a los estudiantes de bachillerato (ya se sabe, quedándonos sólo con el siglo XX: generación del 27 – Garcilacismo – poesía social – novísimos – poesía de la «experiencia » y, como novedad para el XXI los «poetas milennials») quedaba enterrada, apartada, escondida, hasta que, si llega a haber suerte, se produzca algún tipo de rescate, aún tan tardío como el de la poesía de Cirlot.

La única herramienta que tenemos en nuestras manos para encontrar tesoros escondidos es la curiosidad. Cuando estén frente al estante dedicado a la poesía en su librería de guardia (no dejen de visitar Animal sospechoso, la única especializada en poesía que conozco que exista en España) tómense su tiempo, trasteen entre esos libros, muchas veces de lomo escaso y de editoriales con serios problemas de distrubución, e investiguen. Hay que ir (en todo) más allá de lo que nos cuentan o nos sirven debidamente «depurado», que igual viene más de la palabra «puré», que de «depurar». Acostumbrémonos a usar nuestras mandíbulas.

Y acá, para terminar hoy, les dejo tres muestras más del ciclo Bronwyn (si quieren saber más sobre la gestación de este gran poema fragmentario, pueden leer «CIRLOT: Imágenes, Símbolos, Bronwyn. Una lectura de Bronwyn, de Juan Eduardo Cirlot«, de Raul Hernández Garrido). Dedíquenles el rato que requiere su degustación.

Bronwyn de las estrellas funerarias,
de las agonizantes aguas verdes
y de las acumulaciones de lo que
roto se descompone todavía.

Bronwyn de las montañas que no existen,
de los abismos desatados, mudos,
y de las negras horas en que todo
se parece a una noria de lamentos.

Bronwyn de los cristales encendidos,
de los cabellos negros como el oro,
de las rodillas rubias como tantas
promesas de las sombras a las sombras.

...

La tierra es de terror, pero yo busco
una flor de cristal inaccesible.

Dámela con tus ojos desde el lago
donde blanca apareces.

Cuerpo resucitado no abandones
esta mano herida.

En Occidente el mar también acaba.

...

I

Mi cabeza de dientes se esparce por el prado
en que los ojos más bellos de tu rostro
me hablaron con sus raíces de encina agonizando.

Toca mi corazón que se adelanta
bajo la espuma negra de las olas del cielo.

Ablanda tu ceniza.
Y acerca esa luz quemada de tus rojas estrellas
para que vea bocas donde sólo hay
pedazos de papel implorando.

Rasga tu hierro claro
y arráncate las letras que decoran tus yelmos.

¿Saben los grandes cisnes dónde está mi cadaver?

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