Un reencuentro: Dulce Díaz Marrero

Así pasan las cosas, estaba una tarde de esta semana en plena sesión de limpieza de las estanterías – quitando, poniendo, cambiando de sitio, guardando en cajas…- cuando se me apareció un librito delgado, de esos que se pierden a la vista entre volúmenes de mayor lomo y peso: Fin de la ley, de Dulce Díaz Marrero, que editó en el año 2000 Baile del Sol (esa extraordinaria editorial canaria que muestra una longevidad inusitada para lo que son los proyectos culturales isleños, y que cumpla muchos más). Y me puse, inevitablemente, a ojear los poemas de Dulce, de quien hablé acá hace ya unos años, también.

Dulce murió joven, el 22 de octubre de 1978 (es curioso, apenas un mes más tarde de mi llegada a Tenerife con mi familia, con mis 14 añitos) víctima, según parece, de las secuelas de un accidente de tráfico, un par de años después de la desaparición de Félix Francisco Casanova, con quien tenía vínculos en aquel Santa Cruz de Tenerife, que trataba de quitarse las siniestras telarañas de la dictadura, y en la que estaba surgiendo una interesante escena literaria, entre el ruido del conflicto social que se expresaba en huelgas & represión violenta, y de las explosiones de furia por las muertes de Bartolomé García Lorenzo, y de Javier Fernández Quesada.

En ese ambiente de vientos racheados, de puertas que trataban de seguir cerradas y ventanas por las que entraban todos los aromas prohibidos, un puñado de jóvenes poetas desarrollaban una escritura rompedora al que es extremadamente difícil ubicar en el cánon español del momento y posterior, tal vez porque sus coordenadas eran otras, que apuntaban más allá del mar.

Mientras que de Félix Francisco Casanova quedó una obra abundante (teniendo en cuenta la edad a la que muere) ya editada entonces o recuperada posteriormente, de Dulce quedan un puñado de poemas que componen Fin de la ley, algunas prosas, y poquito más, y tardaron en verse publicadas en forma de libro mucho tiempo, de modo que, de alguna manera, su leyenda iba por delante de sus poemas. Hubo un primer cuaderno publicado en aquella asombrosa colección artesanal que sostenía Ricardo García Luis, para el año 2000 el libro que tengo ahora en mis manos y, un poco más tarde, su poesía completa, otra vez en Baile del sol, edición a cargo de quien, de algún modo, se hizo depositario de su memoria, el músico y escritor Roberto Cabrera.

La cosa es que ahora se acerca uno a los poemas y fragmentos de Dulce y no puede uno evitar la sensación de estar ante los restos de una obra más completa, que en algún momento, en medio del ruido y la furia de los años 70, se perdió; esa sensación de estar leyendo los rastros de algo mucho más grande, como cuando lees los fragmentos de Safo y no puedes evitar pensar en todo lo que no nos ha llegado.

En la entrada que le dediqué hace unos años hay unos cuantos poemas de Dulce, pero no puedo dejar pasar este reencuentro sin compartir algunos más acá, que suenan frescos, como a recién escritos:

TU HISTORIA

Las raíces de la muerte
amaron
tu débil figura de árbol
hombre.
Del frío fueron hechos tus anillos
y el algodón de los hijos
servirá para las doradas túnicas
que cubren tu memoria.

...

NADIE ME AYUDARÁ a entender nunca mi predilección
por lo pálido que ostenta el rostro de la muerte.

...

VOY A LEER tu libro prestado,
mientras espero que llames por teléfono.

...

TE ESCRIBIRÍA la última vez
por si acaso me voy a ir
vieja lápida de soledades
miserias de la piel.
Desde tan lejos
y mis amigos tendrán que decirme adiós.
Tus ojos son un lindo color
cuando me despido por teléfono.
Ellos n sabrán nunca que estás aquí
acaso las flores querían contagiarse
¿acaso eres una visión?
Yo no me olvido de ella
voy hacia ti
y me retiro casi al mismo tiempo
que alguien se acerca.

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