Fungifuturismo, Jimena Jurado

Este es el asunto: en el venidero año 2059, en algún lugar, pongamos México, un extraño hongo patógeno se adhiere y parasita a las hormigas, y de ahí al mundo, a toda forma de vida, incluida la humana, convirtiendo el planeta en el habitáculo de un solo ser, que no necesita palabras para comunicarse consigo mismo, provocando que el lenguaje, las palabras, el sentido, desaparezca de la faz de la Tierra. Esto, señoras, señores, es el argumento de un libro de poemas que, a través de Ediciones El Transbordador y su muy querido para mí (por mis propias razones que quienes visitan este blog conocen de sobra) Pequeño Laboratorio Alternativo, nos llega desde México: Fungifuturismo, de Jimena Jurado, joven poeta, booktuber, perteneciente al interesante colectivo LIbrosb4tipos. La apuesta de El Transbordador por lo que en Estados Unidos llaman «poesía especulativa» es valiente y muy meritoria en esta orilla de la lengua, en la que la poesía suele estar bien encajadita en un determinado anaquel, y temerosa del mestizaje con cualquier cruce que la saque del intimismo chatorrealista de escaso vuelo experimental que, bajo distintas etiquetas, sigue siendo su tendencia dominante desde hace tanto.

El ciclo de la invasión, del contagio viene a ser el siguiente: primero, las hormigas y detrás las flores, tras ellas los cadáveres enterrados en los camposantos, a modo de zombis habitados por la espora, y después, finalmente, «la carne que palpita» en apenas un noviembre, que vemos evolucionar ante nosotros, hasta el nuevo día, definitivo, en que el propio lenguaje que nos significa se disuelve sin más en un ruido blanco. Y el libro responde a ese proceso. En particular me resulta fascinante el grupo de poemas que se presentan alrededor del día de Todos los Santos, en el que las tumbas, por efecto del patógeno, se revuelven, y los poemas son cruzados por versos de poetas de la gran tradición mexicana (Rosario Castellanos, Xavier Villaurrutia, Margarita Michelena…) que parecen agitarse bajo sus panteones, y el que nos despliega la simbiosis del hongo y el ser humano, tras el contagio. En el grupo final «La piel de la palabra», vamos viendo como ésta se deshace, pierde el sentido y acaba cayendo a trozos de la mera lápida de uno de los «poetas nacionales» mexicanos: Ramón López Velarde. Queda un resquicio, tal vez, asomando en los primeros poemas, los que abren la obra: algo de vida independiente parece quedar escondida por alguna parte, o al vez es sólo mi imaginación.

Lo interesante, desde el punto de vista artístico, es que nada de esto se nos cuenta; no se nos «narra», se nos muestra, se nos hace ver. Según leemos, vamos siendo partícipes del proceso. A través de diferentes puntos de vista, de formas de lenguaje, acompañamos al hongo en su expansión.

Estamos a febrero de 2022, pero tengo la impresión de que Fungifuturismo es (debería ser) uno de los libros de poesía del año por su trabajadísimo entramado verbal, por su originalidad, por la fuerza de los poemas que contiene. No será así, seguramente, porque nuestra crítica está a otras cosas, bastante más simplonas y banales, y un pequeño laboratorio alternativo es un lugar muy digno (en los laboratorios se trabaja, se experimenta, se va más allá de lo existente y validado) pero me temo que bastante invisible para los reseñistas de los media de referencia, pero, si admiten un consejo, vayan más allá de todo eso, y no se pierdan Fungifuturismo. Yo les dejo acá, de muestra, un par de poemas.

Primero fueron las hormigas.
Después las flores con sus faldones largos:
begonias y buganvillas.

    Míranos. Los cráneos
    demacrados por el hongo.
    El sexo entenebrado. Aquí tienes,
    señora mía, el frufrú de mis pétalos.

Primero las hormigas. Después, 
las flores sacudiendo su embrujo:
floripondios y agapandos.
Piruetas de polvo.
Jardín savaje.

    Aquí tienes, señora mía, 
    el frufrú de mis pétalos,
    el tul, la muselina.
    No cierres los ojos, 
    aunque ellas también te observen
    borrosa y múltiple.

Malformaciones, flores-hidra
bípedas, policéfalas, esdrújulas.

Primero : hormigas;
luego, flores: las siemprevivas,
tulipanes y jacintos, 
orquídeas y amapolas, todas
borrachas de 
colores que
cayeron 
de los tallos.

    Aquí tienes, señora mía,
    el frufrú de mis pétalos, 
    el tul, la muselina,
    los olanes y el tutú de las carnívoras.
    Aquí tienes tu jardín, tu sotobosque,
    tu hardcore rococó.

Te observan las flores con sus ojos de araña.
Y lascivas, abren la garganta de la hipnosis.
¿Pincharán tus dedos cuando el riego no las sacie?
¿Irán a ahorcarse unas a otras
con sus garigoleadas lenguas?

    Aquí tienes, señora mía, el frufrú
    de mis pétalos, el tul, 
    la muselina, los olanes y el tutú
    de las carnivoras, el trutrú
    de mis hojas.

Primero fueron las homigas.
Después las flores, sumbundú, luego tú,
saranbambé, luego tú, luego tú.

    Ahora ven. Pide un deseo y contempla como caen 
epíforas
                y
                        esporas.
(Ciclo vital: juventud)
13 horas después del contagio

Lo albergo en mi interior. Es otro cuerpo extraño, palpita desde dentro. No sé a partir de cuando: está conmigo. Y hay un dolor que crece con la luz de la noche, que convierte mi espalda en un crujir de huesos y convierte mis huesos en filos de goma. Es un tejido liviano, hilvanado a mi carne. Mis dedos se prolongan. Sus dedos. Es un crecer de afuera para adentro. Es un llorar a ciegas. Me alberga en su interior. Mañana, tal vez, estaré dentro de él, entrelazada. ¿Cuidará de mí?

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