QUÉ PRISA les ha dado últimamente a los padres

Hace unos pocos días nos dejó Arminda, la madre de mi amigo Carlos. Mis amigos y amigas, como yo, estamos en la edad en la que nuestros padres, como dice el poema que comparto hoy con ustedes, les empieza a dar prisa por morirse. Los míos se fueron hace apenas dos años, y es una herida que se reabre, si a cerrarse acierta, con mucha facilidad, por ejemplo, cuando desaparece el padre o la madre de alguno de mis amigos. Arminda no era, por otra parte, la madre de un amigo mío, sin más, por muy cercano -como es el caso- que este fuera. Su casa, la casa de Arminda y Amadeo, estaba siempre abierta. Si llegábamos y, por lo que fuera, Carlos no estaba, cosa que pasaba con sorprendente frecuencia, Arminda ponía la cafetera al fuego y abría la lata de galletas. Siempre te sentías bienvenido en casa de Arminda.

Hace también apenas unos días también, asistí a la presentación en la Biblioteca Pública del Estado de Las Palmas, de último libro de poemas de Rafael José Díaz, Bajo los párpados de quien se aleja, que recoge el siguiente poema, que te sitúa ante la pregunta o ante las siempre presentes ausencias. Lean despacio, presten atención.

QUÉ PRISA les ha dado últimamente a los padres
de todos mis amigos por morirse,
como si fuera este el momento en que dejarnos a solas con nosotros mismos,
lo prometido desde nuestras cunas,
la abolición de los consejos
con que siempre iba engalanado el ceñudo futuro
y sin los cuales, en otra época,
no hubiéramos sabido qué hacer con nuestras vidas,
oh, qué prisa les ha entrado últimamente a los padres
de mis amigos por marcharse todos de golpe,
aquellos a los que conocí y aquellos
de los que sólo supe por las palabras con que los lloraron,
¿creen que es buena idea
ir a reunirse tan pronto con sus deudos,
dejar a mis amigos
en medio de la mitad partida de sus vidas,
cuando los hijos de mis amigos, sus nietos,
se van a vivir solos, viajan al extranjero
para dejar atrás sus infancias atípicas
o para sumar sus vidas a la gran oleada
de jóvenes errantes que deambulan por Europa
tocando la guitarra en las estaciones
o pintando retratos a un euro el medio metro?,
¿o será que la prisa, esa mala consejera,
les habrá sugerido que ya no hacen tanta falta,
que acaso porque se les visita menos
ya no son necesarios?, pues los padres
casi siempre suelen compararse con las madres
y tienen la falsa impresión de que su labor ha concluido,
de que hasta aquí ha llegado lo que podían enseñarnos,
mientras las madres continúan cuidándonos,
rezando cada noche una oración
que proteja a sus hijos de cualquier amenaza,
pobres, pobres padres que no saben rezar,
que ni siquiera son capaces de prepararnos un bistec
para cuando volvamos con hambre de nuestros trabajos,
pobres padres que se sienten inútiles
porque ya no escuchamos sus recomendaciones,
no compartimos sus mismos intereses
–nunca lo hicimos–
y hemos renegado de casi todo lo que creyeron útil para nosotros,
ah, qué triste la prisa que últimamente se les mete por irse
como si ya no fueran nuestros padres,
como si no los reconociéramos, más calvos,
encorvados, lentos, silenciosos,
oh padres que al marcharse dejan resonando las palabras
cansadas que prefirieron ahorrarnos,
su aroma depositado en los sillones que ocupaban
 [por la noche,
un sinsabor difícil de entender a medio camino entre
 [la indefensión y la responsabilidad,
la extraña sensación de ser ahora los padres
 [de nosotros mismos,
sus voces, las respuestas que nos dieron en la infancia,
incorporadas a nuestra conciencia como un espejo roto,
oh padres enfermos de cáncer,
afectados por el párkinson,
oh padres que padecen una irreversible diabetes,
que sufren un ictus en la playa, rodeados de sus nietos,
padres que regresan al estado de neonatos
y no reconocen a sus hijos, oh padres a los que sus hijos
se ven obligados a sedar por prescripción facultativa,
padres aferrados a una última confidencia,
antes de que anochezca
y quede a oscuras la habitación del hospital
donde habrán de pasar la última noche, solos,
visitados por sus propios padres, nuestros abuelos,
que vienen a buscarlos para cerrar el ciclo,
oh padres sin una sola palabra de consuelo final para nosotros,
padres egoístas que sólo piensan en lo largo del viaje,
padres que en una cama de hospital
se convierten en la luz silenciosa
que borrará todas las sombras, cada momento incómodo,
y hará de sus rostros, de su última mirada,
el diapasón con que afinaremos a partir de entonces cada instante,
oh prisa de los padres por marcharse,
oh pedestales de sus voces ya nunca más combatidas,
luz silenciosa de su mirada última. 



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