Los tercos malpaíses del origen

Quienes vivimos en Canarias llevamos doce días con los ojos muy abiertos y los labios apretados, atentos a lo que sucede en la isla de La Palma. Nos cuesta encontrar las palabras más allá de los tópicos ante las desgracias, y el pasmo ante la fuerza de la naturaleza. Somos conscientes de vivir en islas volcánicas, pero cuesta hacerse a la idea del impacto que la erupción en Cumbre Vieja nos produce. Un poeta palmero, y compañero de proyectos compartidos, Ricardo Hernández Bravo, es uno de los afectados directamente por el recorrido de la lava, y ha compartido el texto y el poema que sigue en las redes sociales. Como las redes sociales son casa de lo efímero y todo ahí acaba quedando enterrado bajo la siguiente novedad, creo que no está de más recogerlo en este blog. Les dejo con Ricardo, uno poco puede añadir.

Anoche, después de despedir para siempre a nuestra tía Carmen y justo antes de que la colada del volcán que asola el valle de Aridane llegara por fin al mar, la finca de plataneras de mi padre fue borrada del mapa, corriendo así la misma suerte de tanta gente querida que ha visto cómo sus casas y propiedades, su medio de vida y el paisaje de su memoria desaparecían irremediablemente bajo el implacable tachón negro de la lava. Esas tres fanegas de terreno fueron la vida de mi padre que las levantó piedra a piedra, barreno a barreno, volquete a volquete de tierra fértil traída desde lo alto del valle y tendida sobre el malpaís para convertirlo en un espejo de sí mismo, de su amor al trabajo en el campo y a las cosas bien hechas. De ese pedazo de tierra plantada sobre el volcán salió el sustento de una familia, los estudios de sus cuatro hijos y lo más valioso que mis hermanos y yo poseemos: el ejemplo de tesón y entereza ante la adversidad, que lo hacía levantarse una y otra vez y empezar de cero cuando las sequías o las plagas amenazaban la cosecha o los temporales acababan con todo. Él fue uno más en esa gran sorriba colectiva que ha sido la riqueza de este valle y de nuestra isla. Esas fincas, las de tantos, salieron del volcán, fueron habitadas, dieron la vida y ahora el volcán se las lleva de nuevo. Es nuestro destino, pero junto a la humildad para aceptar lo inevitable, siempre nos ha caracterizado una voluntad firme de resistir que nos hace rellenar una y otra vez esa bucia por la que se va la tierra que nos mantiene en pie en este frágil equilibrio sobre la piel del volcán. Hoy, sin poder dormir por tantas emociones y después de escuchar a muchos amigos y convecinos, llevados por la desesperación de tanta pérdida, decir que no quieren volver a vivir aquí, quiero mandarles este abrazo en forma de poema. Al igual que todos los de mi libro La piedra habitada, se lo debo a mi padre y es un símbolo para mí de esa determinación torrontuda del pequeño de no dejarse tumbar por el grande. Va por él y por todos aquellos a los que este volcán nos ha unido más que nunca en una causa común: seguir aquí, volver a echar raíces sobre este paisaje que tanto sufrimos y que tanto queremos.

Cesaba el vendaval
y aún caían los frutos de mi padre,
caían de su sangre magullada, 
de sus manos venidas a mis manos,
llamándome a palpar por él,
a adentrarme en el daño,
a medirme en la criba de los vientos.
En sus ojos hincados 
vi de cerca la sombra aniquilada
y, cada vez, erguido ante el estrago,
vi su pulso creyente
afirmarse en la pega, doblegar
en la eterna sorriba
la memoria del hambre,
los tercos malpaíses del origen.

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