Del Romancero Cautivo

El gran poeta isleño Pedro García Cabrera, escribió el Romancero Cautivo mientras vivió su captura, deportación, fuga, nueva captura y prisión. Como conocido militante socialista, fue hecho prisionero en los primeros momentos del golpe militar de 1936, que tuvo uno de sus epicentros clave en Canarias (de hecho, el general Franco era capitán general de Canarias en ese momento). En Canarias no hubo guerra civil, la resistencia republicana de las fuerzas obreras fue rápidamente eliminada. Sólo hubo represión, una represión feroz que no encontraba excusa en la crueldad intrínseca de la guerra abierta, sino en la rechinante revancha de los amos. García Cabrera, inicia un periplo que lo lleva de las prisiones flotantes de Santa Cruz, al campo de concentración de La Isleta, en Gran Canaria, y de ahí a Río de Oro (el nombre en aquellos tiempos de lo que era el Sahara español), de donde consigue fugarse a Senegal, desde ahí se incorporó a la lucha republicana en la península, para terminar preso en la cárcel de Baza (Granada). Durante toda esta odisea, fu componiendo los romances, y, como el propio García Cabrera nos cuenta: “El texto (…) fue salvado de los registros a que estábamos sometidos, merced a haberlo copiado, con un lápiz muy fino, en las hojas de un estuche de papel de fumar.”. Acá les dejo el poema que abre este libro extraordinario, por tantos motivos.

CON EL ALMA EN UN HILO

CUARTO CRECIENTE

I

De las prisiones flotantes
-mar dormida, cielo claro-
de Tenerife salieron
treinta y siete deportados.
Fue un diecinueve de agosto,
día de mi cumpleaños.
Luces de duelo y de tierra,
de la ciudad, de los barcos,
por el aire, sobre el agua,
tendían sus largos brazos.
En medio de la bahía
el trasbordo presenciaron
la luna del desconsuelo
y un pelotón de soldados.
En la tercera del "Viera"
uno tras otro, encerrados,
entre un río de fusiles
y un bosque de sobresaltos,
camino de Río de Oro
hacia Las Palmas zarparon.
Atrás quedó la familia,
quedó el amor desvelado.
Y todo el mundo fue llave
sobre los hombros amargos.
Azotea de mi casa,
calle alegre de mi barrio,
si el viento por mí pregunta
decid que voy desterrado.

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