Detenido

El viejo Mairena es de una agudeza que atraviesa el tiempo. Hablando del cinematógrafo dejó dicho lo siguiente, extensible a nuestras modernas maneras de vivir, tan cinemáticas, tan inquietantemente desinquietas:

“Él nos muestra la gran ñoñez estética de un mundo esencialmente cinético, dentro del cual el hombre, cumbre de la animalidad, revela, bajo su apariencia de semoviente, su calidad de mero proyectil. Porque ese hombre que corre desaforado por una calle, trepa a un palo de telégrafo o aparece en el alero de un tejado, para zambullirse después en un pozo, acaba por aburrirnos tanto como una bola de billar rebotando en las bandas de una mesa. Mientras ese hombre no se pare, pensamos, no sabremos de él nada interesante.”

Se ve que detenidos no nos gustamos. De esa manera cabe entender nuestra ansia por romper confinamientos, limitaciones perimetrales, etc. Estar quietos nos obliga a pensar, a mirarnos. Debe ser que no nos gusta lo que pensamos, que no nos gusta lo que vemos, que en esa quietud no descubrimos en nosotros nada interesante que merezca la pena que alguien sepa.

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