Borde y frontera

La prestigiosa revista Cuadernos Hispanoamericanos, ha dedicado uno de sus dossiers a las poesías insulares, Las islas contadas, se titula, y uno de los documentos que recoge es dedicado a la poesía canaria de las últimas décadas: Poéticas desde el borde. Poesía canaria de entresiglos: 1980-2020, de Ernesto Suárez. Que soy amigo (muy amigo) de Ernesto no es un secreto para cualquiera que siga este blog, pero vaya por delante.

No es la primera vez que Ernesto dedica un ensayo extenso a la poesía escrita en Canarias desde los años de advenimiento del presente régimen constitucional hasta el momento. Hace unos años ya publicó una aproximación a su perspectiva sobre este período y la poesía escrita en estos territorios en un amplio trabajo publicado en De La Mancha Literaria:  “Nosotros escribimos en los futuros últimos tiempos de una literatura muerta. Poéticas actuales en Canarias, 1978-2008“.

Como en estas islas (y en otros tantos sitios) abundan las y los poetas pero escasean quienes se atrevan a pensar sobre la poesía y su hacerse, cada vez que Ernesto afila el ojo y empieza a hablar, es importante. En esta ocasión Ernesto nos quiere hacer pensar sobre la posición de la poesía isleña en el mapa del canon, sobre su presente en el tiempo de las redes, y nos plantea algunas propuestas para que esa poesía, la escrita por quienes habitamos estos ocho trozos de piedra, recupere, no sé si el centro, pero al menos su propia centralidad. Las presentes notas se articulan como una especie de conversación demorada con el ensayo de Ernesto, que les animo a leer primero.

Arranca Ernesto con una serie de preguntas que operan como alertas, animan a detenerse a pensar y generar una posición/respuesta propia, aún tentativa, antes de afrontar el texto. Yo quisiera añadir una última a las que Ernesto propone: ¿poesía canaria al margen de la poesía española, o en el margen? Esta es una opción a considerar, porque no es lo mismo estar al margen de algo, en una posición de ajenidad, de no pertenencia, que estar en el margen, lo que nos posiciona en relación a algún centro alrededor del que se orbita. Creo que cabe considerar que si entendemos que el cogollo de la poesía española es lo que se produce en el centro territorial y, en cierto modo esencial, de la península ibérica: las editoriales, grupos, camarillas, círculos de contactos, etc. radicados en Madrid y su zona de influencia, cabría hablar de varias poesías españolas de la periferia, (sin olvidar que España es un país multilingüe) que, de alguna manera acceden a cierta cuota parte de representatividad cuando se trata de presentar el panorama estatal en su conjunto. Como se ha visto en algunas antologías más o menos temáticas de poesía española recientes, esa corrección política no alcanza a lo escrito en las islas. En este sentido, la poesía canaria está al margen, simplemente fuera del mapa de la poesía española, y es algo que, por otra parte, no es nuevo. Todo esto tiene que ver con la (in)visibilidad de la que habla Ernesto.

Pero esa posición que podríamos llamar “fáctica” en el mapa de la atención lectora y crítica de los centros de pensamiento peninsulares no tiene porqué coincidir con la posición en la que cada poeta que escribe en las islas se sitúa ante esas coordenadas. Cada autor/a tiene su propio contexto de influencias y referencias más o menos líbremente escogidas, así que en todas las escrituras geográficamente periféricas de donde sea hay muy variados posicionamientos. Habrá autoras y autores que asuman, incluso como seña de identidad estar más allá de ese u otro margen, y otros que consideren que forman parte de la tradición de aquel centro y que hay que hacer esfuerzos para acercarse al mismo y hacerse visible allá . Ambas opciones, y todas las que se encuentran en diferentes grados de separación entre una y otra, son perfectamente válidas.

Comenta Ernesto, “Creo que la interpretación dominante en la poesía española parte de un supuesto nunca cuestionado según el cual el territorio se asimila al idioma”. Esta perspectiva derivada de esa lectura simple de los mapas se concreta en lo que he llamado en otros textos “el imperativo peninsular“, la conjugación autoritaria por excelencia (Id/venid/marchad/haced) que no existe en la versión isleña del español. Seguidamente, como una derivada de esa identificación territorio/idioma, siguiendo a Ernesto, surgen más periferias o márgenes respecto a una visión que se quiere unitaria (“una vez han sido identificadas ciertas tendencias poéticas se asume que las mismas están representadas en el conjunto del territorio siguiendo una suerte de mecanismo de diseminación natural ligado al idioma. En segundo lugar, se presupone que, o bien tales tendencias actúan disociadas de todo enclave y desde el vacío situacional, o bien este espacio, este sitio es, por supuesto, un centro único que representa coherentemente al conjunto del idioma literario.”), márgenes no ya territoriales, que también, como de criterio estético, porque esa perspectiva unívoca y unitaria deja fuera a todo lo que no encaje: formas alternativas de entender qué es o debe ser la poesía, poetas que escriben desde posiciones sociales, territoriales, culturales (la poesía inmigrante, por ejemplo), de identidad sexual divergentes, etc.

Una de las respuestas al “imperativo peninsular” en algunas escrituras de la propia península (Ernesto enumera algunos relevantes ejemplos) ha sido la poesía desde el habla, el localismo consciente, a la manera en que el gran poeta italiano Tonino Guerra escribía sus poemas en dialecto, para no rozar con ellos la lengua de la autoridad. En Canarias, la respuesta ha ido en su mayor parte por otros derroteros, por la creación de una “tradición interna” basada en la relación de la persona, del ser isleño, con la isla como espacio esencial que todo lo determina, desde la cual re-citando la cita que Ernesto recoge de Sabas Martín «propone una esencial significación de la canariedad. Así, el desvelamiento de los rostros de la luz, del agua y del hombre en el paisaje, son los rasgos más destacados de su teoría poética insular —una teleología— en la que destaca la formulación de determinadas imágenes y metáforas constitutivas de un lenguaje intransferible». Es una opción interesante frente a la voluntad de uniformización estética que emana del “centro”, porque delimita el territorio tratando de evitar a la vez la asimilación y el conflicto.

La luz, el agua, el paisaje volcánico, la isla como frontera inevitable y puerta novelera a todo lo que arriba a sus puertos, se convierten en tropos orientados a una identidad “esencialista” pegada a una determinada lectura de ese paisaje insular, a una isla como concepto con cada vez menos que ver con la isla real, la que habitan sus paisanos de sus populosas ciudades y costas, que suelen brillar por su ausencia, y en la que los poemas portuarios o a la ciudad comercial de Tomás Morales, o las referencias conflictivas a la presencia del capital internacional en la isla de Alonso Quesada, o al mundo del campesino que deja de serlo para ser cualquier otra cosa en los sures insulares de Juan Jiménez, son más una excepción que una regla. Ernesto: “la isla como espacio literario se convierte en algo sospechosamente satisfactorio y autocomplaciente.” El discurso de la poesía isleña delimitada por su condición y su paisaje, e incluso la reivindicación del poeta en esa posición extática, se ha convertido en parte del muestrario que el modelo de nacionalismo banal, en su vertiente canaria, suele utilizar para bombardearnos. Junto al clima, el paisaje, los endemismos, las “islas afortunadas”, etc., encontramos el “Canarias, tierra de poetas”, no de narradores, porque los narradores de una u otra manera acaban apalabrando el conflicto, y el conflicto, con el dinamismo social que conlleva, no forma parte del producto que se quiere vender.

Así que, nos dice Ernesto, la poesía canaria habita entre la marginalidad (respecto a un centro más o menos real o imaginario) y el ensimismamiento. ¿Alternativas para salir del bucle? La alternativa que Ernesto nos plantea es trabajar desde la asunción de nuestra condición fronteriza. “Si queremos desplazarnos nuevamente hacia lo utópico y transformador, debemos abandonar la isla; habrá que encaminarse hacia la intemperie y cruzar la frontera. La poesía canaria podrá reconstruir su espacio nuevo y visible, distinto al de la isla esencial, acaso sólo si se reconoce como poesía fronteriza”

¿Cómo se define a un fronterizo? Alguien de una de las fronteras más cruzadas del planeta, Heriberto Yépez, nos lo dejó dicho hace unos años: “es aquel que apenas llega a un género, cultura, idioma o cantina, inmediatamente busca la respectiva frontera para poderla cruzar”. Fronterizo, como Ernesto remarca, “es el trasiego, la mudanza. El trasegar rompe el esencialismo cultural o, al menos, lo pone en cuarentena. Aquello que se considera único y grande pierde pureza y se multiplican las singularidades que se localizan en lo secundario, en lo menor, en lo pequeño incluso. Al hacernos fronterizos también nos hacemos sensibles a lo que habitualmente pasa desapercibido, a las pequeñas vibraciones. Lo nuestro como categoría general y exclusiva deja de ser relevante y comenzamos a atender a claves modestas, compartidas y fluidas. Considerar el fenómeno de la frontera presupone acción, el ir y venir de un lado al otro. Es decir, no hay fronteras o no seremos conscientes de ellas y de las singularidades que reflejan si permanecemos inmóviles (en el lado de ellas que sea).”

La cuestión es que en estos tiempos de redes ubícuas y movilidad constante (al menos hasta llegada de la pandemia COVID 19) de personas, bienes e información, toda ciudad es frontera, salvo que tome la decisión de encastillarse. Pocas ciudades más fronterizas en tantos aspectos, que Madrid, aunque una parte de sus castizos culturetas no quieran verlo o asumirlo.

Ernesto, por ejemplo, comenta el movimiento natural de buena parte de la poesía insular hacia la frontera latinomaericana-caribeña, ese movimiento ha sido abanderado en ocasiones como una de nuestra diferencias respecto al canon peninsular, pero los cosas se mueven en todas partes, y la editorial española más atenta a las nuevas tendencias de escritura latinoamericana no se encuentra en las islas, sino en Extremadura, y las dos editoriales que publican sistemáticamente poesía norteamericana actual tienen sede en Barcelona. Hay gente más rápida que nosotros en la frontera, me temo. De hecho, cierto solipsismo insular ha generado críticas a la apertura a otros espacios de una editorial canaria como Baile del Sol, precursora de esta posición fronteriza, no sólo entre territorios, sino también entre diferentes opciones estéticas, que abrió colecciones dedicadas a la poesía de la Europa oriental y a las literaturas africanas.

Esa deriva hacia una nueva y fresca actitud fronteriza la detecta Ernesto en varias de las nuevas voces isleñas, pertenecientes a una generación que pasó sus vacaciones en esos “no lugares” que son las zonas turísticas de las propias islas, y buena parte de su proceso de madurez viviendo en otros lugares, formando parte de la nueva diáspora canaria provocada, por una parte, por la reducción sustancial de los costes económicos y emocionales de la movilidad en las sociedades conectadas, y, por otra, por las oleadas de crisis económicas que desde 2007 han golpeado a la sociedad isleña. En esta línea, la propuesta de l@s autor@s de “Leyendo el turismo“, impulsada por varios de l@s poetas que menciona Ernesto en esa sección de su ensayo, es especialmente interesante.

Y, como el propio Ernesto señala, hay fronteras que no son cartografiables en mapas físicos, algunas son mucho más íntimas y nos atraviesan con más intensidad. Hay toda una nueva escritura de la diversidad y de la ruptura que tiene interesantes representantes en las nuevas generaciones de poetas de las islas, lo que él llama poesía de la “disconformidad con las identidades impuestas”. En algún momento también tendrá que aflorar la poesía (hasta ahora invisible en su mayor parte) de las y los poetas inmigrantes.

¿Darán estas trazas que Ernesto detecta para generar una poesía canaria con una identidad claramente diferenciada de la que surge en otros territorios y, por tanto, merecedora del estudio de su propia maca territorial? La marca territorial insular no es cualquier frontera, basta con mirar un mapa para darse cuenta, y, de las diferentes tradiciones poéticas que habitan o han habitado las islas, la que se apoya en la apertura al exterior, la experimentación vanguardista y cosmopolita ha sido, tal vez, la que ha caracterizado las mejores aportaciones de la poesía canaria, a ese océano de mil costas que es la poesía en español. Pero habrá que trabajárselo. En este sentido, iniciativas recientes como la revista online Trasdemar, nos anima a ser optimistas.

Se me quedan muchas cosas de qué hablar en relación con el ensayo de Ernesto, pero no todo puede ser a la vez. No dejen de prestarle una lectura atenta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: