Cosmonauta

A ver. Si alguien me preguntara por mi religión, creo que, si me detuviera a pensar más allá del inmediato rechazo que me genera cualquier tipo de culto organizado, diría ser “saganiano” y mi credo “Un punto azul pálido“. Dicho esto, se entenderá que encontrarme con los poemas de Cosmonauta, de Fran Seisdoble haya sido una experiencia emocionante de verdad. Y encontrarse con la poesía de un autor joven, muy alejada (a una galaxia mental) de lo que encontramos últimamente en las desoladas secciones de poesía de tantas librerías “estándar”, también. Poesía de búsqueda de la emoción reflexiva, del asombro ante lo real como forma de vivir con intensidad no impostada.

Cosmonauta se despliega siguiendo la estructura de “Cosmos”, aquella serie legendaria, que sabiamente se subtitulaba como “Un viaje personal” del que todas y todos somos partícipes: el de esos cazadores recolectores que empezaron a mirar las estrellas para guiarse en su deambular por lo desconocido; y en eso seguimos, mejorando las herramientas y utilizando el único sistema fiable que hemos encontrado para comprender la realidad y dejar atrás nuestras mistificaciones individuales y/o colectivas: el método científico. Los poemas giran alrededor de esa experiencia de crecimiento “desde mi primera huella congelada en ceniza del este africano / hasta hacer pie en el Mar de la Tranquilidad”, que es, no nos olvidemos, también una experiencia espiritual: la que nos ha llevado ( y esto aún nos duele como especie) de creernos el centro del universo, a sabernos habitantes de un planetita en un ramal de una galaxia de tantas, de pensar que el mundo era una especie de regalo que se nos había dado para su disfrute sin tino, a saber que es nuestra pequeña y frágil (y única, seguramente por mucho tiempo, por lo tanto, su mantenimiento es clave) nave espacial. Cosmonauta canta ese viaje en el que aún estamos, recién llegados a esta orilla del océano cósmico. Nada menos alimentador del ego que adquirir conciencia de nuestra pequeñez, pero el ego alimentado con falsedades ha resultado ser muchas veces una sustancia altamente tóxica para la especie humana.

Como “saganiano” y lector de poesía, con Cosmonauta me he visto, de alguna manera, forzado a realizar dos lecturas. Una primera en la que el fan empieza a encontrar, y después a buscar deliberadamente, pistas de lo que ya conoce, y una segunda en la que he tratado de responderme a la pregunta clave: dejando aparte esas referencias tan queridas ¿funcionan los poemas por sí mismos? Y mi respuesta es sí, incluso mejor. Quiero decir, una persona que no conozca los textos o los documentales de Sagan sólo se va a encontrar con nada menos que poemas magníficos, basados en potentes imágenes que hacen que la lectura se detenga para aspirarlas a fondo y pensar. Aquel tuit del viejo Unamuno: “Siente el pensamiento. Piensa el sentimiento”.

Cosmonauta es la denominación usual en la tradición ruso-soviética de viajero espacial, distinta a la de “astronauta” norteamericana y esto tiene más chicha de lo que parece. El/la astronauta viaja a algo que está fuera sí, está, por definición, allá afuera, en las estrellas, un sitio para llegar conquistar. El/la cosmonauta, sin embargo, navega el cosmos, y el cosmos, como dejó dicho Sagan y recoge Seisdoble, “está también en nosotros. Estamos hechos de materia estelar”. Como dice también Sagan en uno de los episodios de Cosmos a un estudiante de secundaria en Brooklin: “You are a part of the Milky Way Galaxy too”. Por tanto, se trata de un viaje íntimo, poesía de una intimidad abierta, diferente a lo que se suele entender por ahí, de mala manera, por poesía intimista.

Para qué les voy a engañar, he disfrutado de este libro de poemas. Pienso además que este libro de Fran Seisdoble marca una orientación que creo haber detectado en más autoras y autores de la nueva generación. Creo que hay señales muy interesantes en alguna poesía joven escrita en español, de ir más allá de la poesía sentimentaloide, convencional y babosa que se ha tratado de vender en los últimos años como “la poesía que hay y que debe haber” (si alguien quiere saber qué considero buena o mala poesía, aquí lo tienen) . Es una alegría.

Les dejo acá, para que paladeen, un par de poemas de muestra de COSMONAUTA, animándoles a que entre en la web de El Transbordador y se hagan con este magnífico libro.

Capítulo 9
I

Que somos materia estelar no es una aseveración poética,
es la poética cósmica afirmándose a sí misma.

Capítulo 7
II

La fruta que hoy muerdo
fue arrebatada del manzano
abonado con miles de ojos y palabras,
germinado de las incógnitas escupidas a la tierra.

Tempranas semillas sepultadas en Jonia
junto a desafiantes raíces cuadradas de Samos.

Prevaleció asentar la civilizada e ideal barbarie
sobre la textura rugosa de los surcos de un bancal.

Pero las estrellas sobreviven a los letargos
y hoy, con certeza aseguro su luz:
potentes soles en lo profundo del espacio interestelar.

Capítulo 13
XII

Aquí llegué por todas las manos que soy,
porque existió alguien alentando mis pasos,
como arrullo en la tarde de los tiempos,
y del lago y del brillo extraje cada sueño
que deposité en la piel de los árboles.

Un par de notas finales: en estos tiempos en el que el ruido de los viajantes de misterios de pega no deja de crecer hasta volverse amenazador (en sentido literal, por lo visto en los últimos días), no dejen de leer “La invención de la ciencia” de David Wootton (Ed. Crítica, 2017) y el imprescindible “El mundo y sus demonios“, de Carl Sagan, de 1995, en que a avizoraba peligros que en los últimos años se han vuelto tristemente reales.

Y no puedo terminar sin dejar de aplaudir a Ediciones El Transbordador, por crear una colección de poesía diferente y arriesgada y casi sin referencias en español, a diferencia de lo existente en lengua inglesa.

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