La lira de las masas versus la ira de las musas

Llevo unos cuantos días sin escribir acá. Porque he estado leyendo, leyendo intensivamente un libro muy interesante: La lira de las masas. Internet y la crisis de la ciudad letrada, de Martín Rodríguez-Gaona, que se presenta como una aproximación a la poesía de los nativos digitales. No sé yo si es tanto una aproximación a la poesía de los autores jóvenes, como al fenómeno sociológico de lo que hemos llamado en este blog poesía postadolescente de moda. Por lo que he chequeado, este interesantísimo ensayo no está recibiendo una acogida crítica seria, más allá de algunas cuantas reseñas en medios digitales, y parece que cierta reacción airada por parte de varios de los que cabría llamar sujetos de su estudio. De esa aparente reacción también hablaremos.

Antes de seguir, atención, por si hay dudas (Ja) : yo no soy un milenial, tengo hijos milenials, dos para ser exacto. No sé si eso me ofrece una atalaya adecuada para la observación de esta generación que, por lo demás, me parece bastante similar a las anteriores producidas en este bonito país, más allá de los barnices de las tecnologías de la época. Me temo que mas bien, no.

Respecto a La Lira de las masas, tengo que decir, primero que nada, que me ha parecido un análisis muy interesante, al que se le ha criticado una aproximación más sociológica que literaria al fenómeno de las y los poetas postadolescentes. La verdad es que una aproximación de crítica literaria seria a los autores estrella de esta moda se despacha en medio folio o en mucho menos si se es muy honesto. El análisis desde el punto de vista sociológico y sobre sus efectos en las relaciones de poder en la “Ciudad letrada” esa cristalización del juego del canon contemporáneo es mucho más interesante.

Y en ello se centra Rodríguez- Gaona, en preguntarse “qué ha pasado y porqué ” para que haya brotado este episodio de fervor poético en las tirando a secas tierras de España, y su potente repercusión mediática. La tesis central sería que ” lo más notable y contundente de todo el proceso de los poetas nativos digitales es que su producción manifiesta un cambio sociológico. La escritura y las comunidades virtuales han modificado definitivamente la relación entre la literatura y las clases sociales. Los escritores, anteriormente, aspiraban a ser una élite intelectual y social. La relación era vertical, jerárquica, pasiva. Eso ya no existe y no se volverá a repetir.”

Algo así comentamos cuando hace ya varios años Suso de Toro anunció en 2010 su renuncia a la escritura pública. La “Ciudad Letrada”, como ciudadela amurallada del resto de la sociedad que debía observarla silenciosa y admirada, con sus propias reglas de servidumbre y meritoriaje, ha sido barrida por las llamaradas de los dragones digitales, cabalgados por un grupo de autoras (y algunos autores) jóvenes, que muestran orgullosas sus números de seguidores, sus contratos editoriales y sus ventas. ¿Alguien echa de menos a la Ciudad Letrada? ¿Cuanto de lo que sucede ha sido por su culpa? ¿Ha sido destruida del todo o adaptará sus muros y callejones a estos insolentes nuevos inquilinos, mostrando cierta capacidad de adaptación para la que antes no teníamos nombre y que hemos dado en llamar resiliencia?

Realmente, como Rodríguez-Gaona explican en ensayo, hay algo más que una moda seguramente pasajera, alimentada por trend hunters e influencers en la Red. Si así fuese, se aguanta el temporal hasta que pase y listo. Pero no, lo que ha cambiado complemente es el medio ambiente. Internet y su tercera evolución, las redes sociales, han transformado de manera radical no sólo, pero, muy especialmente, el acceso a todo aquello que pueda ser digitalizado, convertido en ceros y unos, tal como había pasado con el cine y las series, con la música y la narrativa, etc. Si no había sucedido antes con la poesía fue por su aparentemente escaso valor comercial, la extremada dificultad para extraerle plusvalías… hasta que se ha dado con el mix adecuado.

El mix adecuado es, por una parte, un puñado más o menos grande de postadolescentes (entre los veinte años y muy avanzadas treintenas) españoles que habían ido creando su propio tejido, su propio entramado digital con la soltura que tiene quien se mueve en su entorno natural (Pete Townsend decía en una canción que “nací con una cuchara de plástico en la boca”, esta generación podría cantar “nací con una pantalla ante mis ojos, y un teclado en mis dedos”) y, por otro, unos avispados cazadores de tendencias, que detectan que la integración en el “mainstream” de ese tipo de actividades básicamente online, puede ser debidamente monetizada ante la existencia de un público deseoso de adquirir un producto X, que les permita un cierto sentido de identificación o pertenencia (Tal cual como el otro producto de moda: el nacionalismo) sin entrar en su mayor o menor calidad. En cierto modo, cuanto peor, mejor: cuanto más simplón un texto, mayor capacidad de identificación por parte de una “sociedad juvenil” en la que lo que antes llamaríamos adultos jóvenes, se han convertido en postadolescentes que comparten el espacio en sus casas, y tal vez el afecto, con las mascotas de sus padres, ante la práctica imposibilidad de poder desarrollar vidas independientes, en particular desde el estallido de la gran crisis global de 2008. Porque el producto X no es el poema: es el o la poeta. Como ser que se expone y comparte su aparente o aparentada intimidad en forma de un supuesto sincero lenguaje, “que cualquiera puede entender”.

Lo que hacen estos operadores es muy interesante desde el punto de vista comercial: convierten material que flotaba gratis en el mundo digital, en algo físico que poder adquirir por un precio en el mundo “material”: libros, agendas, actos públicos en los que se pueda poner precio a la cercanía, etc.

Rodríguez -Gaona nos guía por el proceso constituyente de un nuevo panorama, que, cabría decir, se había ido construyendo alrededor de proyectos alternativos de edición artesanal, de clubs y espacios de lectura y escritura que han sido barridos, arrinconados -o “maximizados” si se subían a la ola- por la potencia mediática de los poetas postadolescentes. La Ciudad Letrada siempre tuvo el “enemigo a las puertas” en forma de proyectos alternativos, a los que la Internet inicial y la de los blogs (la web 2.0) dio vida y aliento. Pero ante eso se resistía sin mayor molestia. Se etiquetaba a las propuestas alternativas como “marginales” y a seguir bien… pero, ah, las murallas cayeron ante el empuje de los social media y de un dinero nunca visto en los yermos de la edición poética. A los poetas postadolescentes la Ciudad Letrada, a ver… es que ni sabían por donde quedaba. Ha sido después, con el tiempo, que han ido descubriendo el cálido sabor de las palmaditas en la espalda de los mayores.

Y todo eso estaría bien y tendría su gracia, si no fuese porque la producción poética, los textos finales, lo que queda más allá de la performance, es incriticable, por vacío, inane, simplón, torpe, sentimentaloide hasta la obscenidad. Una nada empaquetada con un gusto dudoso que consolida los estereotipos más pobres sobre lo que es o ha de ser la poesía: “es, precisamente ese conservadurismo estético el que, con el apoyo de las redes, explica los fundamentos de su aceptación masiva: se apoyan no en la poesía, sino en la representatividad sociológica y en la estereotipada idea que de la poesía tiene un público juvenil no especializado”. Ni siquiera el turbión de aire fresco que un movimiento de poetas jóvenes pudiera traer, acaba por serlo, porque para que corra el aire hay que querer romper con lo existente ( o al menos con parte), y cuando uno o una quiere romper algo, no cae bien a todo el mundo, y en estos tiempos no se trata de eso precisamente: se trata, muy al contrario, de acumular likes & followers, de que te quieran, de ser adorable. Y una vez que a los más conspicuos representantes de la Ciudad Letrada se les ha pasado el susto, ha empezado la cooperación nietos- abuelos (los señores “poetas de la experiencia”) para tratar de llegar a potenciales win/win situations: yo te abro el acceso a mi mundo de fans para que sepan de ti (hablar de lectores me parece muy aventurado) y tú me pasas la mano por encima del hombro y me ofreces esa cierta respetabilidad, de la que inicialmente despotrico pero, qué narices, no vamos a tener 30 años para siempre.

Así que la oportunidad ofrecida por las tecnologías de la comunicación de generar unas escrituras de nuevo cuño, liberadas del peso del oficialismo cultural español que tan bien describe Gregorio Morán en “El cura y los mandarines” y de la gestión de la estructura de prebendas, queda aplastada en su potencial trascendencia social, más allá de los círculos de iniciados e iniciadas por esta operación de marketing orientada (por primera vez en mucho tiempo) a la poesía, que nos coloca productos que hacen que añoremos a la supuestamente destruida Ciudad Letrada.

Rodríguez- Gaona apunta a unos cuantos culpables del éxito de esta operación: un sistema educativo del que la lectura comprensiva ha sido casi eliminada, y donde no hay espacio para formar un gusto crítico, la propia Ciudad Letrada hispana, ensimismada en su rueda de premios, eventos y subvenciones, cerrada a cualquier proyecto de escritura crítica, y, claro está, un contexto en el que el entretenimiento se considera un valor superior al conocimiento, como nos recalca el joven narrador Javier Castillo, en unas declaraciones bastante significativas:”En España se le da mucha importancia a libros aburridos”. Claro que sí, campeón. Lo indica Rodríguez-Gaona en sus apuntes sobre la sensibilidad del prosumidor: la trascendencia ha mutado hacia la voluntad de instituirse como producto.

Reconozco que al ojear a veces mi Islas en la red. Anotaciones sobre poesía en el mundo digital, que es de hace unos diez años y algo, no puedo evitar sentir una cierta sensación de nostalgia por las oportunidades perdidas, y algo de desazón por la tremenda velocidad de los tiempos que corren, aquello que decía William Gibson, ya en los 90: parecemos ser partícipes del experimento de algún cientifico social que no levanta el dedo de la tecla de avance rápido. Rodríguez-Gaona apalabra esa transición: “Se han superado , largamente, los constreñimientos de la tradición y del gremio, mas también aquel fugaz momento en el que la poesía en internet pudo proponer una propuesta estética o política a la manera de las antiguas vanguardias”

O dicho de manera aún más dura:

“Va quedando atrás el momento heroico de internet y las redes sociales. La autogestión, tanto en el modelo de la creación propia de comunidades y celebridades, como en las publicaciones digitales periodísticas (sea literarias o de consumo) son ampliamente superadas en alcance por la paulatina irrupción de lo corporativo y el diseño de productos editoriales a través del análisis estadístico de Big Data.”

Y en ese producto editorial es esencial el o la poeta como producto en sí mismo: su imagen, su estilo de vestir, sus tatus, su disponibilidad a “mostrarse”, etc. La imagen física es clave para construir una “marca personal” potente. Esa imagen se trabaja a destajo y con frialdad de cirujano.

Bueno, y qué, ¿Nos rendimos todas aquellas personas que pensamos que la poesía es el tuétano del lenguaje, y que de ese tuétano deben brotar escrituras que expliquen y superen su tiempo, que sean personales y radicalmente colectivas por eso mismo, escrituras innovadoras y estéticamente atrevidas, que la poesía es un arte y quien lo ejercita debe conocer sus mañas, quienes pensamos que lo íntimo es social, pero que lo social es íntimo y que apalabrarlo en poesía es posible y necesario, quienes sabemos que poetas hay a patadas pero que la poesía verdadera es escasa y como todo lo escaso, muy preciada? En el epílogo de La Lira de las masas, Rodríguez-Gaona plantea una serie de propuestas partiendo de la base de que no hay marcha atrás tecnológica que permitiera (si es que eso fuese deseable, que yo lo dudo) volver al viejo sistema, y que se trata de mecanismos de resistencia, más que otra cosa, de crear y cuidar espacios libres y trabajar por su extensión con las herramientas que las redes nos ofrecen. “Bienvenidos”, nos dice, “al reto de una escena poética que sea tan democrática e incluyente como culta e innovadora”. Al tajo, pues.

Y ahora llegamos al momento Ira de las musas, porque parece que el ensayo de Rodríguez- Gaona ha generado algunas reacciones, digamos peculiares, que se recogen en un artículo-noticia en El País, bajo el título, de La guerra de los jóvenes poetas, que recopila las reacciones de algunos de los más renombrados poetas postadolescentes, ante el simple hecho de la publicación de un libro que, según el periodista, reconocen no haber leído. Lo que sigue se basa en esas reacciones tal como las muestra el periodista, y quisiera suponer que ha hecho su trabajo y son veraces, ojo, si no fuese así, bien lo siento, léanlas, en todo caso. Reacciones, decía: hay, desde la descalificación con base en lo que podíamos llamar el “criterio Homer Simpson”: aburrido, aburrido, aburrido… (yo pensaba que los ensayos se distinguían entre interesantes y no interesantes, entre profundos y superficiales, no entre “a lot of fun” y “boring”), a la que, desde una cierta modestia, viene a decir: “oye, que somos jóvenes y estamos empezando”, lo cual es, al menos honesto, y quien salta en plan “Uy lo que me han dicho con la infancia tan dura que yo tuve” (y que, por cierto, los poemas se cuidan de no mostrar). Chic@s: la poesía trae consigo el ejercicio del criterio que decía José Martí, o de la crítica si lo prefieren. Es lo que hay, y si su sensibilidad tan sensible no les permite acercarse a la crítica para aprender o para rebatirla argumentadamente, no deberían meterse a esto, a la larga, si no aprenden, les va a pesar.

En este enlace hay una recopilación de materiales que han tratado este tema en ocasiones anteriores en el blog. Paseense por él y disculpen las reiteraciones que seguramente, encontrarán.

Un comentario sobre “La lira de las masas versus la ira de las musas

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  1. Daniel, sobre este tema del que hablas yo tuve una experiencia reciente. Ocurrió durante el espacio de conversación que me gusta incluir tras cada recital. En el Centro Cultural Las Californias representé algunas de mis poesías de forma teatralizada, con cierta escenografía, de memoria, proyectando mis dibujos, e incluso canté dos canciones. La poesía la vivo así, como representación, de forma parecida a la música o la danza, que hay que fabricarlas en cada momento para que cobren real vida (no denosto al lectura solitaria, claro, sino que la practico). Entre el público vi que había dos adolescentes juntas. Y eso me llamó la atención, porque no suelen asistir a mis actuaciones. En el coloquio, intervinieron. Eran asiduas a esos entornos poéticos de los que tú hablas. Me dijeron que entraron para probar, sin mucho entusiasmo, porque les atrajo la curiosidad de ver cómo eran las pinturas y dibujos en los que inserto mis poesías. Es verdad que yo no pretendo situarme en la Ciudad Letrada, aunque quizás reproduzca este estatus. Y sin entrar en la calidad de mis textos poéticos. Dijeron sentirse sobrecogidas (emplearon esta palabra), y que a diferencia de las poesías que suelen escuchar o leer, este espectáculo le había atraído porque tenían que pensar y “darle vueltas al coco”, y que aunque notaban que a veces no llegaban a captar el sentido, siempre estuvieron atentas a lo que pasaba. Cuando hablaron de la poesía posadolescente, sobre todo incidieron en el hecho de que existe una socialización a su alrededor, de que se manifiesta en entornos en los que ellas interactúan y en los que se verifican relaciones sociales satisfactorias. Por lo que capté, era como los karaokes, lugares donde el simple juego de sentirse poeta sin grandes pretensiones, movidos más por el deseo de participar en una diversión común que en un gran espectáculo.
    Pero en el tema de los karaokes, por ejemplo, las personas asisten con admiración hacia las canciones que imitan precariamente. No así en estos espectáculos de poesía posadolescente. Por eso me pregunto, al leer tu artículo, si eso es lo que le falta a ambos mundos poéticos, al de la ciudad letrada y al adolescente. Y creo que parte del cortocircuito lo provocamos nosotros, los poetas “serios y maduros”, que hemos olvidado la parte lúdica, el juego, la representación, el hecho de que la poesía siempre fue parte del rito, del sacrifico, de la ceremonia. De que la manifestación púbica del poema en un entorno fabricado “ad hoc” es lo que le ofrece al acto poético su máximo alcance y profundidad.

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