Están clavadas dos cruces…

Dos cruces, decíamos, en la poesía actual que se escribe en España. Esta fue un poco la conclusión que se podría sacar de una agradable conversación sobre el panorama actual con Viktor Gómez y Arturo Borra, si bien de la ocurrencia, para mal o para bien de estas tal vez apresuradas notas, soy único culpable.

La primera en la frente: el dogma de la “claridad”

Esta especie de premisa que atraviesa buena parte de la poesía española según la cual la poesía debe ser por principio “clara” y facilmente “inteligible”, aplasta, de algún modo las posibilidades de innovación de un muy alto porcentaje de la poesía escrita en España en sus diferentes sabores.

Como la claridad y la unicidad de sentido son imposibles en cualquier lenguaje humano un poco sofisticado, más allá de sus expresiones muy básicas – y esto, si algunos filólogos que además son poetas no lo tienen claro, pueden pedir que se los explique cualquier persona con formación jurídica – su búsqueda deliberada, su culto, hace derivar la escritura y la comunicación general al simplonismo más pobre. Este que percibimos y nos araña los ojos en buena parte de esa poesía joven de moda, de la que todo el mundo despotrica, pero que cuenta con padres y abuelos en las anteriores promociones (más que madres y abuelas, cabe señalar).

La segunda en el pecho: la aplastante presencia del YO del/la poeta.

La otra marca de agua de buena parte de la poesía española reciente es la presencia aplastante del yo del (y la) poeta. Todos los acontecimientos tanto puramente (si es que esto existe) personales como los sociales se presentan desde un yo centralizador, que ejerce una fuerza de gravedad propia de una estrella enana antes de implosionar. Y eso es lo que vamos teniendo, mucha estrella enana.

Cuando se suma esa dominancia del yo con el uso de un lenguaje deliberadamente ( o no, igual es que no hay más cera que la que arde) simplón, acabamos dando con esa especie de pornografía emocional que se trata de presentar y vender como “sensibilidad” y “poesía”, e, incluso, dependiendo del sabor por el que haya optado el/la poeta, “compromiso”.

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