Pedro Montealegre

nos dejó hoy bastante antes de tiempo. Perdemos a un poeta valiente. Y los poetas valientes son escasos. Sus amigos más cercanos le lloran; yo recuerdo nuestro breve trato, siempre tan exquisito por su parte, y poemas como este que adquieren ahora una dimensión especial:

GÉNESIS

Comencé como un doble. Negando y negado, al renacer tanto higo
y no madera de su árbol, la cerveza y no cebada de una espiga, una sola,
y el alma en almácigos con la voz de mi mortal, con el pie de mi inmortal,
con el agua por delante: una fuente en el mundo y dios todo para mi sed.
Comencé las ilíadas sin parte, ni linaje.
Así me despedían: blanco entre las sábanas colgadas al aire
y hambriento por la forma, la verdad de un leño ardiendo: un fénix
con su pico atragantado de cenizas. Yo el funesto de los ojos
arrugados como vientres. La mancha sin causa en la madera fosilizada:
tu huella, la mía, formando un mosaico. Un vitral que consagra
tu memoria a una imagen. La nave de un templo que guarda los deudos:
mi cirio goteando tu poco de muerte.

De El Hijo de Todos (Ediciones del 4 de agosto, 2006)

Dicen sus amigos también que Pedro, al que la vida no trató bien, ahora descansa. Que sea así. Que la tierra te sea leve.

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