Oh!

Esto fue lo único que me salió cuando, en una red social, me encontré esta entrada de la gran Cecilia Domínguez Luis, dedicada a la desaparición de Arturo Maccanti. No pude evitar copiarla para pegarla aqui. Espero que no le moleste. La poesía, tan frágil y pequeñita tan ajena a las rentabilidades, nos deja a veces estas impagables cositas, no digo joyas, más bien piedritas pulidas por la marea y brillantes al sol. Les dejo con Cecilia, sin más, seguro de que al terminar entenderán ese “¡Oh!” que me salió de las tripas más profundas.

Hola, Amigos:
A finales de los años 90 y principios de los 2000, a Arturo Maccanti y a mí se nos ocurrió iniciar una correspondencia de décimas de carácter amoroso, en las que él firmaba como “El doncel de Guerea” y yo como “Cilce”, nombre que, por supuesto ideó Arturo.

Hoy, tratando de asimilar su muerte, quiero que sea Cilce la encargada de despedir al Doncel de Guerea.

DESPEDIDA AL DONCEL DE GUEREA

Las calles de Guerea sienten la ausencia de unos pasos y el balcón de un final de verano busca, inútilmente, el último insomnio del doncel.
La acacia de enfrente va dejando caer como lágrimas su amarillo torrente, sin que nadie, ni siquiera aquel que una vez se unió a su diluvio de pétalos, advierta su duelo.
Porque el Doncel de Guerea ha iniciado su viaje hacia la lejanía. Viajero insomne, su cantar en el ansia ha llenado de pronto su corazón de alondras y, sin mirar atrás, sus pasos se dirigen al hondísimo níhil, lejos, muy lejos de la ciudad condescendiente.
En vano Cilce lo busca en el aire de la ciudad dormida, en el tiempo que falta de aquí al día. Piensa que quizá haya vuelto a las calles de su infancia, pero “el mar quedó lejos y el corazón lo sabe”.
No podría decir cuántas campanadas dio el reloj de la torre antes de que el silencio dejara a la intemperie el tiempo de Guerea.
No escucha. Solo busca, negándose a caer en la desolación. Y cree descubrirlo entre la niebla, pero es solo el insólito vuelo de un pájaro marino, tierra adentro.
Entonces se acerca al mar, aunque sabe que el mar no le traerá certezas. Sin embargo hasta ella lega el eco de un eco de un eco del resplandor y siente, a pesar de la ausencia, que sus palabras vuelven como un deseo de lunas henchidas, y recuerda, y escucha:

Por si no te vuelvo a ver,
por si se acaba el camino
y nos separa el destino
piensa en mí al amanecer.
Quiero al alba renacer
Tras esta vida ilusoria
que sólo hallaré la gloria
si en el recuerdo constante
vivo, Cilce, ya habitante
del país de tu memoria.

Cilce deja ya de buscar. Sabe que el doncel ha cruzado el “largo mar, el solitario, el último”. Sin embargo ella desea escribirle esta última décima pendiente y lo hace.

Por todo lo que te ha herido
tendrás de mí la memoria
y no habrá para tu historia
ni para tu voz olvido.
Y a pesar de que te has ido,
sin avisar, de Guerea,
tu recuerdo hará que sea
más cercana tu sonrisa
si con mi brisa tu brisa,
como este mar, me rodea.

Y Cilce se aleja sonriendo, con la certeza de que su doncel de Guerea habita ahora un bosque sin dolor.

(NOTA: La 1ª décima es de Arturo)

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