Jardines sin dueño

Ando por las noches abducido en “La Caída de Berlín“, de Anthony Beevor.  Sumergido en un memorial de horrores que cuesta trabajo imaginar para un europeo nacido en los sesenta del siglo pasado (aunque tuvimos un durísimo recordatorio de adonde nos conducen los fervores nacionalistas o las rabietas ideológicas en los años 90 con las guerras que destruyeron Yugoslavia)… y en medio de la imponente  (como todas las de Beevor, les invito a leer su “Stalingrado” también, que, en cierto modo, es como la primera parte de este  “Berlín”), reconstrucción histórica del penúltimo episodio de esa tremenda guerra civil de la humanidad, se encuentra uno este fragmento puesto en la boca anónima de una ciudadana del Berlín bombardeado y sobrecogido porque la veganza estaba a las puertas:

De pronto uno cae en la cuenta de que estamos en primavera -escribió una joven aquella tarde-. A través de los escombros negros del fuego llega el perfume de las lilas procedente de jardines sin dueño

La vida siempre es más fuerte…

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