EL barco y la caja

Mientras Benedicto XVI, Pontifex Maximus, deja alguna perla inefable durante su visita a España, y la tan consolidada comunidad indostánica de Canarias celebra el Diwali, sin que vea que el agresivo laicismo los persiga, es domingo y leo poemas.

Y estoy de vuelta en El Hundimiento del Titanic, de Hans Magnus Enzensberger, quizás el mejor para mi gusto de sus poemarios traducidos al castellano, que tiene la virtd de ser de esos que se visitan de cuando en vez y siempre se abren a nuevas lecturas abiertas al tiempo presente. Aquí les traigo dos de sus poemas, el primero podría leerse con una metáfora de la crisis vigente, y es este:

CANTO XXI

Después, como siempre, todo el mundo lo había visto venir,
excepto nosotros, los muertos. Después abundaron
los presagios, los rumores y las versiones cinematográficas.
Alguien mencionó las carreras de perros
celebradas en la cubierta C, deporte bastante raro
para un barco; habían preparado liebres metálicas
con pintura brillante, movidas por un ingenioso mecanismo,
para incitar a los galgos a realizar esfuerzo ilícitos;
se cuenta que muchos pasajeros menesterosos perdieron
sus últimas guineas en este monótono pasatiempo. Y qué decir
de la grieta oros, los muertosen la campana del barco, y del hecho
de que se había tornado agrio el burdeos Chateau Larose del 88
utilizado en el bautismo del barco; la conducta misteriosa
de las ratas de Queenstown, última escala del viaje;
y el silenciado caso de furia sanguinaria
en la capilla del barco. Ominosos accidentes,
vicios innombrables; pero  ¿por qué hemos de cargar
con la culpa? ¿Cómo sospechar que se daban latigazos
a las duquesas debajo de las mesas de juego? ¿Que las niñas
menores de edad pedía auxilio por los conductos
de ventilación y que en los baños turcos había hermafroditas
mostrando sus orificios? Ahora, retrospectivamente,
todo el mundo alega haber oído el sonido de un órgano,
sin que lo tocaran manos humanas, y qué pasó la noche
emitiendo profanas tonadas, como última advertencia
a todos nosotros.
“Divina Némesis” ¡Fácil decirlo una vez ocurrido!
Las penúltimas palabras de un grave caballero
poco antes de hacernos a la mar:
¡Ni Dios mismo podría hundir este barco! Bueno,
no lo oímos. Estamos muertos. Nada sabíamos.

O este otro tan explícito y a la vez sutil:

MODELO PARA UNA TEORÍA DEL CONOCMIENTO

Aquí tienes una caja,
una caja grande
con una etiqueta que dice
caja.
Ábrela,
y dentro encontrarás una caja,
con una etiqueta que dice
caja dentro de una caja cuya etiqueta dice
caja.
Mira adentro
(de esta caja,
no de la otra)
y encontrarás una caja
con una etiqueta que dice…
y así sucesivamente,
y si sigues así,
encontrarás
tras esfuerzos infinitos
una caja infinitesimal
con una etiqueta
tan diminuta,
que lo que dice
se disuelve ante tus ojos.
Es una caja
que sólo existe
en tu imaginación.
Una caja
perfectamente vacía.

Versiones de Heberto Padilla

Y aquí les dejo a Enzensberger leyendo este mismo poema en castellano, gentileza del Festival del Poesía de Medellín, Colombia:
H.M. Enzensberger leyendo “Caja”

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