Un poema de Joaquín Marta Sosa

sobre un vicio compartido: EL CICLISTA
El hombre es el más bello invento de la bicicleta
Jean-Edern Hallier

 El ciclista va crucificado hacia lo alto dc la montaña
 atrás kilómetros y kilómetros de carreteras
 ya no suda               agotada el agua toda de su cuerpo el 
sudor lo inunda como un caballo cnloquecldo
 no mira                    sus piernas son los ojos
 tampoco oye             concentrado va en su corazón
 en la oscuridad de los pulmones agoniza
 combaten luchan sus ejércitos enemigos por completo
 el ciclista va sólo centímetro a centímetro
 verdad dirigida quién sabe a qué lugar desmesurado
 bajo el asombro de un gavilán que centellea
 el asfalto derrite la sangre abre los músculos
 rompe todo lo que sigue en pie
 montaña arriba             siempre arriba             sin desmayo
 imposible saciar esa montaña
 más alta que el peor desafío de los dioses
 el reloj no avanza ni los pedales
 los metros se detienen el tiempo pesa
 como una esperanza que se escapa
 el cuerpo termina de exprimirse
 yo: cercado entonces por el terror de los derrumbes
 con un temblor de pesadilla presumo la meta muy lejana
 mi cara tras la ventanilla del carro que acompaña
 hago mío ese cuerpo deshecho en una vida agigantada
 llamarada que se extingue y se rebela
 cuento uno a uno mis completos doce años
 en esa interminable conmoción del alma
 que impulsa los pedales y la bicicleta carga en hombros
 allí desde la ventanilla
 decido que la amistad del silencio es lo único que
 penas vergüenzas esfuerzos mortales
 el amor a la soledad
es el fuego             la antorcha absoluta de la vida
 porque es un cazador solitario el ciclista
 a la caza de sí mismo
 que puede morir y muere
 en las tenazas de un silencio donde la compasión se ahoga
 cuando la gente grita contra sus ojos ciegos
 contra sus oídos muertos
 no te rindas
 queriendo decir no nos abandones
 olvida tu desamparo por nosotros
 sueña con la tentación de un barco a la deriva
 fuera lejos muy lejos de este mundo
 en implacable nieve hundido
 el pecho lacerado y muy adentro
 en ese calor que los asesinos atesoran
 exhausto ya el halcón la llama exhausta
 la sangre es una bandera en los destrozos
 el ciclista sigue        continúa       en la cárcel de sí mismo
 sin ir a parte alguna
 salvo al orgullo limpio y cruel
 de quienes lo idolatran hasta el fin
 consumado él en su destino
 esa amistad mortal
 que lo reta y que él no desafía
 que jamás traicionará
 ni siquiera si con la muerte tiene que entendérselas
 entregándose entero en sus cuchillos
 y desde allí vencerla
 a pesar de la derrota

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